De entre todas las particularidades del mercado laboral, no hay otra que demos más por hecho que el fin de semana, entendido como dos días completos de asueto. Aunque todas las religiones tengan su día sagrado, desde el sábado judío al domingo cristiano pasando por el viernes islámico, no fue hasta el siglo XX que esta fórmula comenzó a extenderse por el mundo industrializado hasta convertirse en la norma.

Tal y como lo conocemos hoy, es el producto del equilibrio que el sistema fordista consiguió encontrar entre un trabajo en cadena, cansado y poco gratificante, y el bienestar de unos trabajadores que debían convertirse en los consumidores de los nuevos productos que ellos mismos producían. En 1926, Henry Ford decidió introducir dos días de fiesta en lugar de tan solo uno en el fin de semana sin que ello supusiese una rebaja en la paga que recibían los empleados. Algo que se extendió durante la crisis económica de la década siguiente, en la que los altos niveles de paro animaron a un reparto de trabajo donde más gente trabajase menos horas.

Los cambios en el mercado laboral, han provocado que el fin de semana tal y como lo conocemos se encuentre en riesgo de desaparición. No es solo el sector servicios, que ha convertido el sábado y el domingo en su momento estelar, sino también los empleos de cuello blanco, cuya naturaleza abstracta hace mucho más difícil trazar fronteras entre qué es trabajo y qué no.

Esto supone un gran riesgo, advierte Katrina Onstad en su nuevo libro, ‘The Weekend Effect: the Life-Changing Benefits of Taking Time Off and Challenging the Cult of Overwork’ (HarperCollins Publishers), un elogio de los beneficios del fin de semana, y un ataque a la ética de “todo trabajo y nada de diversión”. “La idea de tomarse dos días libres suena como algo de lunáticos en una economía muerta donde hay una dura competición por los trabajos, incluso por los mediocres”, explica la autora en la introducción del libro. “Pero, ¿qué pasaría si todo este trabajo estuviese distorsionando tu visión del mundo, nublando tu percepción de lo importante, y te comportases como si te hubiesen lavado la cabeza?”

“Bienvenido a la ‘secta del trabajo excesivo, que no tiene diversión, ni sexo ni drogas”, prosigue la autora. “En esta secta particular, los trabajadores han aceptado semanas laborales de cincuenta, sesenta, ochenta horas sin fines de semana como ‘statu quo’, o peor, como una credencial del éxito”. En este caso, no ha sido ningún cambio legislativo lo que nos ha forzado a aceptar este trabajo continuo. Simplemente, un mercado laboral extremadamente competitivo y con altos niveles de paro e inestabilidad, a lo que hay que unir el amor desmedido por nuestro trabajo.

El fin de semana era, a un nivel abstracto, la forma en que las religiones nos recordaban que éramos mucho más que el trabajo que hacíamos: “Santificarás las fiestas”, es el tercer Mandamiento. Dios descansó en el séptimo día, y como explica Onstad, “encajó el fin de semana entre los mandamientos como un recordatorio de que la vida no se define únicamente por la producción o por su amiguito el consumo”. Sin embargo, el siglo XXI ha visto brotar un Síndrome de Estocolmo entre los trabajadores. “Si tu ocupación se convierte en una preocupación todo el tiempo, todos los fines de semana, corres el riesgo de perder tu vida, de solo hacer y no ser”.

No hace falta caer en los brazos de una enfermedad mental para comprobar lo dañino que es prescindir de los fines de semana. La autora recuerda que esto ha provocado el debilitamiento de nuestras redes personales y familiares. Como afirmaba Andrew J. Smart en ‘El arte y la ciencia de no hacer nada”. Nuestra productividad, paradójicamente, decae cuanto más trabajamos. No hacer nada, explicaba el autor, “te permite acceder a tu inconsciente, tu creatividad y tus emociones”.

La propia Onstad tomó la decisión de escribir este libro tras comprobar que era una de las víctimas de este síndrome de Estocolmo mental. “Hoy en día, con niños y un empleo como escritora que se expande a lo largo de los días, mis sábados son como los miércoles”, explica en el libro. “A veces, de hecho, los sábados tengo más lío”. Esto da lugar a lo que ella denomina “el bajón del domingo por la noche”, la sensación que nos embarga a última hora del fin de semana de que hemos desperdiciado, otra vez más, nuestro tiempo libre. Hasta un 81% de estadounidenses afirmaba sentir melancolía el domingo por la noche ante la visión de una nueva semana.

¿Cómo podemos aprovechar de manera mucho más eficiente nuestro tiempo libre? La autora explica que, después de investigar ampliamente la manera de vivir el fin de semana de muchas personas diferentes, descubrió algo que tenían todos ellos en común: “Los mejores fines de semana siempre incluían unos pocos elementos clave, en varias interacciones: conexión; placer; hobbies, naturaleza, creatividad”. La mayor parte de ellos, recuerda Onstad, están al alcance de cualquiera o, al menos, de cualquiera que sea capaz de dejar el móvil de trabajo a un lado.

Cada vez son más los que recuerdan la importancia del descanso tras cinco días de trabajo, incluso como manera de potenciar la productividad durante el resto de la semana. De ahí que se hayan promovido últimamente los ‘findes’ de tres días como una manera de reorganizar un mercado laboral con altos niveles de paro. “Proteger las 48 horas seguidas en esta época es casi algo propio de superhéroes”, recuerda la autora. “Hace falta ser valiente. Pero si eres capaz de aguantar la tentación, aunque sea por dos días, puedes crear espacio para todo tipo de experiencias que no tienen nada que ver con el éxito y el consumo, sino sobre esa humanidad que el Sabbath intentaba salvaguardar”. Es el descanso y no el trabajo, lo que nos convierte en humanos.

Por: Reiter

Fuente: elconfidencial.com alma-corazón-vida


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